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SOCIEDAD

18 de diciembre de 2023

"El miedo no terminaba"

El caso de Tomás Cuadri exhibe, una vez más, las secuelas de terror que dejó la última dictadura cívico militar y que no se borraron, ni cuatro décadas después.

A sus 82 años, el ex futbolista Tomás Ricardo Cuadri declaró en los tribunales federales de Salta en el marco de la causa que se sigue contra ex policías de la provincia por allanamientos ilegales, secuestros y torturas a los que fue sometido durante la última dictadura cívico militar. 

Por estos hechos están procesados el ex jefe del área de seguridad de la Policía, el represor Joaquín Guil, y el ex policía Carlos Feliciano "El Perro" Estrada. También estaba acusado el ex policía Néstor Julio "El Chango" Valdiviezo, pero falleció en la segunda quincena de noviembre último, poco antes de que declarara Cuadri. El testimonio del denunciante se adelantó debido a su estado de salud. 

   

Para la época en que se cometieron estos hechos Tomás Cuadri era reconocido en Salta porque jugaba en Central Norte. En 1960 entró a trabajar como ordenanza en el Senado de la provincia, donde conoció a Enrique Pfister Frías, con quien entabló una relación laboral, lo que más tarde lo iba a poner en la mira de los grupos de tarea.

Cuadri trabajaba por las tardes en el estudio de Pfister Frías y lo acompañó como su secretario privado cuando éste asumió como ministro de Gobierno de la gestión de Miguel Ragone, el ex gobernador desaparecido en 1976. La persecución contra Ragone y sus adherentes logró que en noviembre de 1974 su gobierno fuera intervenido. Por esas mismas presiones Pfister Frías tuvo que renunciar antes y una vez intervenida la provincia tuvo que huir.

Evangelina Cuadri, hija de Tomás Cuadri, contó que Pfister Frías le aconsejó a su padre que se fuera también, sin embargo, él decidió quedarse, porque no tenía militancia política y confiaba en que estaría a salvo de la represión. Pero "lo empiezan a perseguir para dar con Pfister, querían que les diga dónde estaba".

 

Cuadri, en el homenaje que le hicieron en Central Norte. 

En el relato de Evangelina, que era una niña de unos nueve años cuando ocurrieron estos hechos, la palabra "miedo" se repite. "El miedo, a pesar de habernos ido de Salta, no terminaba". "El miedo siempre existió", dirá. "Hay mucha gente que murió, muchas familias que quedaron con tanto miedo que no quisieron denunciar". Eso mismo le pasaba a su padre: "Él nunca quiso hacer la denuncia". "Fue mi mamá la que impulsa a hacer esto".

Evangelina destacó que la declaración de su padre, fue la oportunidad, para "pedir justicia por todas las personas (que sufrieron el terrorismo estatal)", los "compañeros de celda, que murieron". Tomás Cuadri no sabe cuántos de esos compañeros de infortunio fueron asesinados, a algunos solo los recuerda, rostros sin nombre y sin certeza de su destino, en cambio sobre otros, como Ocaña, Riera el ceramista, "un renguito", "está seguro que los mataron"

 

Salvado por una cruz 

Tras la intervención a la provincia, en noviembre de 1974, Tomás Cuadri sufrió, en palabras de su hija, "muchos allanamientos, secuestros, detenciones, torturas", hasta pusieron una bomba en su vivienda. Evangelina fue también blanco del terrorismo estatal, una llamada alertó de una bomba en su colegio. 

Una de esas detenciones duró 35 días, en los que Cuadri perdió el oído izquierdo por la tortura. Evangelina calcula que su padre sufrió entre 25 y 30 detenciones, y recuerda los operativos en su casa, el modus operandi de los grupos de tareas en la década del 70: "Todos los allanamientos que nos hacían eran rodeando la manzana, entraban por los techos, a empezar a revolver todo".

 

En una de esas detenciones, cree que en 1979, "lo llevaron al dique Las Lomitas, para matarlo". Tomás Cuadri tiene certeza del destino que le esperaba por lo que escuchó que le ocurrió a sus ocasionales compañeros de secuestro. Cuando lo sacaron de su casa y lo subieron a un Ford Falcon, antes de que lo vendaran alcanzó a reconocer a tres integrantes de la patota, policías que jugaban al fútbol con él, Valdiviezo (que oficiaba de chofer), Gómez y Barros. Tras encapucharlo y obligarlo a tirarse en el piso del automóvil, la patota siguió de recorrida, secuestrando a otras personas. Una vez en Las Lomitas, en Campo Quijano, Cuadri escuchó los sonidos de personas que bajaban, y eran bajadas, de los vehículos, y escuchó también los ruidos de lo que interpretó como asesinatos. 

En algún momento le llegó el turno a él, ya lo iban a bajar cuando una voz los interrumpió: "a él no", ordenó. Este represor, un cursillista de la Iglesia Católica, había participado del allanamiento en la casa de Cuadri y entre los objetos desparramados vio una cruz de cursillista, el elemento que posibilitó su salvación en el dique. 

En la última detención su madre y su tío pudieron verlo. Estaba vendado y muy golpeado. Evangelina recordó que a su padre le armaban causas por robo en sus trabajos, por estas acusaciones perdía sus empleos. "Se lo llevaban preso y no sabíamos si volvía". 

Finalmente, agobiado por la persecución, Cuadri decidió presentarse él mismo ante el Ejército pero no lo recibieron, entonces fue a la Gendarmería Nacional, donde un gendarme lo escuchó solo para aconsejarle que se fuera de la provincia. 

El 13 de abril de 1981 la familia se instaló finalmente en Buenos Aires, donde permanecieron hasta que, ya en democracia, en 1987, Julio Mera Figueroa se comunicó con Cuadri para informarle que lo habían reincorporado a su puesto en el Senado y debía volver para presentarse a trabajar.  (Pagina12)



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