Formosa atraviesa días difíciles.

La muerte de Xiomara, la muerte de Cristian Robles, la brutal agresión a un menor de apenas 14 años no pueden ni deben leerse como hechos aislados.
Son episodios distintos, pero unidos por un mismo hilo conductor: una violencia que avanza y deja marcas profundas en nuestra comunidad.
Cuando una adolescente pierde la vida en circunstancias que aún estremecen, cuando un hombre muere tras intentar intervenir para evitar una pelea, cuando un niño es golpeado con saña por adultos, el problema deja de ser individual y se vuelve colectivo.
No es solo lo que ocurrió, sino lo que permitió que ocurriera.
La violencia no aparece de un día para otro. Se construye en el abandono, en la indiferencia, en la falta de límites, en la naturalización del golpe, del insulto y del “no te metas”.
Cada silencio previo también es parte del escenario.
Como sociedad, no alcanza con la conmoción momentánea ni con la indignación pasajera.
Es necesario exigir justicia, sí, pero también reflexión, prevención y compromiso.
Las instituciones deben actuar, pero la comunidad también debe mirarse hacia adentro.
No se trata de ideologías ni de disputas políticas. Se trata de vidas truncadas, de familias destruidas, de infancias vulneradas y de un tejido social que se debilita cada vez que la violencia gana terreno.
Que estos nombres no se conviertan en estadísticas.
Que el dolor no sea en vano.
Que la memoria nos obligue a cambiar.
Porque una sociedad que se acostumbra a la violencia corre el riesgo de perder algo mucho más valioso: su humanidad.
Por Andrea Rodas…
