Por José Yorg con la cooperación de ChatGPT.
“El movimiento cooperativo argentino no puede permanecer indiferente. Este antagonismo interpela su propia razón de ser. Es tiempo de elegir: ¿acompañar pasivamente el retroceso, o asumir activamente la defensa del sujeto cooperativo, campesino y territorial?” J. Yorg.

- El MST y Venezuela: cooperación y soberanía popular
En una decisión de gran impacto político y económico, el Gobierno de Venezuela entregó 180.000 hectáreas al Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil. No se trata simplemente de una cesión de tierras: es un acuerdo de confianza estratégica entre un Estado y una organización popular histórica, basado en la idea de que la soberanía no se decreta, se cultiva.
La finalidad del proyecto Patria Grande del Sur es clara: impulsar la producción agroecológica en gran escala, articulando economía con ecología, y pueblo con poder. Aquí hay una visión de futuro, una forma de repolitizar la producción de alimentos, devolverle al pueblo su capacidad de decidir qué comer, cómo y para quién producir.
Este acto revela una actitud profundamente cooperativa: el Estado no somete ni suplanta, sino que coopera con los movimientos sociales, les otorga rectoría, les reconoce saberes y liderazgos. Es una apuesta por la soberanía alimentaria como derecho colectivo, y no como mercancía transnacional.
- Milei y la Argentina: el desmantelamiento como ideología
En las antípodas de esa actitud, el Gobierno de Javier Milei en Argentina eliminó el Instituto Nacional de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena, dejando en la calle a 900 trabajadores/as con décadas de servicio. Esta no es una medida aislada: es parte de una estrategia consciente de arrasamiento institucional y territorial.
Al suprimir el acompañamiento técnico y humano a las familias campesinas, a los pueblos originarios y a las cooperativas, el Gobierno no solo destruye políticas públicas: rompe vínculos, apaga procesos comunitarios, elimina canales de organización y debilita la democracia territorial.
La actitud de Milei no es meramente administrativa ni fiscalista. Es ideológica. Se basa en la creencia de que el mercado es el único actor legítimo, y todo lo que huela a organización popular, a saber colectivo o a justicia social, debe ser extirpado como una anomalía. Para este pensamiento, el campesinado sobra, y las cooperativas son “nidos de gasto”.
El antagonismo revelado
En el primer caso (MST-Venezuela), el pueblo organizado es reconocido como sujeto político y productor de soberanía.
En el segundo (Argentina-Milei), el pueblo rural es tratado como una carga a eliminar.
Uno abre caminos de cooperación regional y planificación agroecológica; el otro desertifica el territorio en nombre del ajuste, con una mirada profundamente autoritaria y antinacional.
Lo que está en juego no es solo el destino de miles de familias, sino el tipo de sociedad que se quiere construir: una de raíz cooperativa, comunitaria y solidaria, o una de despojo, individualismo extremo y subordinación a poderes económicos concentrados.
El cooperativismo ante el espejo
El movimiento cooperativo argentino no puede permanecer indiferente. Este antagonismo interpela su propia razón de ser. Es tiempo de elegir: ¿acompañar pasivamente el retroceso, o asumir activamente la defensa del sujeto cooperativo, campesino y territorial?
Como cooperario, afirmo: la soberanía no es compatible con el ultraliberalismo. La democracia no se sostiene sobre despidos masivos ni sobre la expulsión del campesinado. La cooperación —cuando es auténtica— se planta, resiste, crea y sueña junto al pueblo. Como lo hace el MST. Como lo ha hecho nuestra historia. Como lo debemos hacer hoy.
¡En la fraternidad, un abrazo cooperativo!