Por José Yorg

No se trata únicamente de incorporar nuevos formularios, indicadores, descriptores o sistemas de monitoreo. Lo que está en discusión es el paradigma desde el cual se comprende la escuela, el aprendizaje y la función social de la educación.
Como Licenciado en Administración, conozco el origen y la finalidad de los instrumentos de gestión empresarial. Fueron concebidos para organizar procesos productivos, evaluar rendimientos, optimizar recursos y medir resultados en organizaciones económicas. Cumplen una función legítima dentro de ese ámbito.
Sin embargo, trasladar esas categorías a la conducción pedagógica constituye un error epistemológico. La empresa y la escuela no comparten el mismo objeto de conocimiento. La primera administra recursos para producir bienes y servicios; la segunda forma personas, desarrolla capacidades humanas y construye ciudadanía.
Cuando se intenta evaluar la educación con categorías diseñadas para administrar organizaciones productivas, se produce una colonización epistemológica de la escuela: la pedagogía deja de orientar la gestión y pasa a subordinarse a ella.
Ese desplazamiento modifica la naturaleza misma del trabajo docente. El director deja de ser conductor pedagógico de una comunidad educativa para convertirse en administrador de evidencias, indicadores y procedimientos. El maestro comienza a dedicar crecientes esfuerzos a satisfacer exigencias burocráticas antes que a fortalecer los vínculos pedagógicos que hacen posible el aprendizaje.
La paradoja es evidente: aquello que verdaderamente transforma la vida de un niño difícilmente pueda ser reducido a un indicador estadístico. La confianza recuperada, la curiosidad despertada, el pensamiento crítico, la solidaridad, la cooperación, la alegría de comprender y el crecimiento moral constituyen procesos profundamente humanos cuya riqueza desborda cualquier matriz de control administrativo.
La tecnocracia educativa corre el riesgo de considerar valioso únicamente aquello que puede medirse. La pedagogía, por el contrario, sabe que las transformaciones más significativas del ser humano son, precisamente, las más difíciles de cuantificar.
No rechazo la planificación, la organización ni la evaluación institucional. Rechazo la subordinación de la pedagogía a categorías administrativas que desconocen la especificidad científica de las ciencias de la educación.
La gestión escolar debe existir para crear mejores condiciones de enseñanza y aprendizaje. Nunca para reemplazar la misión pedagógica de la escuela.
Desde la pedagogía cooperaria sostenemos que la verdadera calidad educativa se expresa en la construcción de comunidades solidarias de aprendizaje, en el respeto por las trayectorias singulares de cada estudiante, en la participación democrática y en el desarrollo integral de la persona.